Algo que me sigue desconcertando es la normalización del saber, en lugar de la ignorancia como punto de partida. Lo razonable sería asumir que desconocemos casi todo de todo, más allá de unas nociones básicas. Incluso dentro de un ámbito profesional concreto, quizá tendría más sentido maravillarnos por la amplitud de lo que queda por comprender que angustiarnos por no saberlo todo. Cada día ofrece la posibilidad de incorporar algo nuevo, y eso no debería vivirse como una carencia, sino como un acicate: un impulso para seguir aprendiendo y, sobre todo, para estar dispuestos a revisar nuestras ideas cuando la evidencia y la reflexión así lo exigen.
En este contexto, las redes sociales no han ampliado tanto el conocimiento como la sensación de poseerlo. La exposición constante a titulares, consignas y explicaciones de 30 segundos generan una ilusión de comprensión que desactiva la curiosidad: creemos haber entendido algo cuando apenas lo hemos rozado.
La complejidad, además, se ha vuelto incómoda. Todo aquello que exige tiempo, matices o un esfuerzo sostenido de atención tiende a ser rechazado como innecesario, aburrido o una pérdida de tiempo (y productividad). Pensar despacio, dudar o introducir excepciones ya no se percibe como una virtud intelectual, sino como una falta de determinación o carácter. Sin embargo, es precisamente en esa incomodidad donde comienza la verdadera comprensión.
A esto se suma una creciente externalización del juicio. En lugar de elaborar una opinión propia, adoptamos marcos e ideas prefabricadas, listos para ser compartidas. Opinamos antes de comprender y compartimos antes de contrastar. El pensamiento se convierte así en un acto reflejo, más cercano a la reacción emocional que a la reflexión crítica.
Reconocer los límites del propio conocimiento tampoco sale bien parado. Decir “no lo sé” se interpreta como debilidad o falta de profesionalidad, mientras que opinar con seguridad sobre cualquier asunto, por complejo que sea, se premia con atención y visibilidad. Se invierte así el valor del rigor: la prudencia se penaliza y la ligereza se celebra.
Todo ello acaba transformando el aprendizaje en consumo. Aprender de verdad implica esfuerzo, tiempo y, a menudo, frustración. Las redes, en cambio, ofrecen información rápida, simplificada y emocionalmente atractiva, diseñada para ser ingerida sin digestión. El resultado no es una sociedad menos informada, sino una sociedad intelectualmente más cómoda, satisfecha con explicaciones mínimas y cada vez menos dispuesta a hacer el trabajo —exigente pero imprescindible— de pensar.