Ninguno de nosotros es tan brillante, tan seguro o tan competente como a veces los demás imaginan. Todos nos equivocamos, todos tenemos lagunas enormes y todos caminamos a tientas en muchos temas. Incluso en aquellos que dominamos. Y, por supuesto, todos podemos comportarnos como auténticos gilipollas en según qué ocasiones o sobre según qué asuntos.
Cuando esas expectativas infladas se mantienen demasiado tiempo, terminan creando una ficción. Algo bastante común en la divulgación. Los demás esperan de nosotros algo que no podemos sostener: infalibilidad o una sabiduría superior. Y nosotros podemos acabar sintiendo la presión de parecer más sabios o más infalibles de lo que realmente somos.
A menos, claro, que todo forme parte de una estrategia de marca basada en una premisa absurda y una generosa falta de ética… que, por desgracia, suele funcionar bastante bien en redes.
Decepcionar pronto tiene una ventaja: devuelve la relación al terreno de lo real, a lo mundano. Permite mostrar dudas, reconocer errores y admitir lo que no sabemos sin que eso se perciba como una caída, sino simplemente como lo que es: la condición normal de cualquier persona (que no intenta venderte algo).
¡¡¡A decepcionar, zagales!!!