Nos gusta creer que nuestras opiniones son coherentes, sólidas y bien pensadas. Pero muchas veces no es así. Existe una suerte de ilusión de coherencia: asumimos que primero pensamos y luego hablamos, cuando en realidad, en no pocas ocasiones, hablamos para pensar. La frase sale, y el pensamiento llega después, a veces para sostenerla… y otras para desmontarla.
Además, el contexto pesa más de lo que estamos dispuestos a admitir. No dices lo mismo en todos los entornos, ni con todas las personas, ni en todos los estados de ánimo. Ajustamos el discurso sin darnos cuenta: por encajar, por inercia, por velocidad… A veces mucho, a veces poco. Y en ese ajuste, se pueden decir cosas que no representan del todo lo que piensas… o lo que pensarías si te dieras unos segundos más. Cosas que, en frío, no pasarían el filtro. Dando por supuesto que el lenguaje no siempre logra traducir bien lo que queremos transmitir.
Quizá el problema de fondo es que el “yo” no es tan estable como nos gustaría. No tenemos opiniones sobre todos los temas guardadas en un cajón esperando a ser expresadas. Más bien las vamos construyendo sobre la marcha, en tiempo real, con piezas que a veces encajan regular, si es que encajan. Pensar no siempre precede al lenguaje; muchas veces ocurre gracias a él.
El momento importante no es cuando dices una tontería. Es cuando te das cuenta después y aparece algo muy valioso: la capacidad de revisarte, de corregirte, de no quedar atrapado en lo primero que dijiste… o pensantes. Lo que permite, en ultima instancia cambiar, de opinión o tener pensamientos algo más desarrollados.
Por eso prefiero las clases en directo y las conversaciones reales a las grabaciones. Porque permiten corregir en el momento, matizar, rectificar sin convertir cada frase en una declaración permanente. Lo grabado fija lo dicho como si fuera pensamiento sólido, cuando muchas veces sólo era pensamiento en construcción o, directamente, una memez.