Vivimos en una época en la que nunca había sido tan fácil acceder a información científica y, paradójicamente, nunca había sido tan sencillo confundir conocimiento con opinión o marketing. La divulgación implica una responsabilidad epistemológica: intentar transmitir el estado del conocimiento científico de la forma más fiel posible, incluyendo incertidumbres, límites metodológicos y conflictos entre evidencias. La opinión, en cambio, puede partir de preferencias personales, intuiciones, ideología o interpretación subjetiva.
Actualmente el problema se agrava porque las plataformas digitales y redes sociales no premian necesariamente el rigor, sino la atención. El algoritmo favorece la seguridad escénica antes que la prudencia intelectual. Lo emocional y simplista frente a lo racional y complejo. Unido al hecho de monetizar contenido y pasar de un acto sin ánimo de lucro a una forma de ganar dinero.
Y aquí surge otra derivada: el modelo económico empieza a moldear el contenido. La figura híbrida entre divulgador, influencer (y, finalmente, opinador). Algunas personas empiezan divulgando ciencia y terminan construyendo una marca personal y una comunidad. Aparecen los titulares absolutos, las frases diseñadas para viralizarse y el nosotr@s y ellos. Llegado un punto, disentir con el influencer deja de ser una discusión científica y pasa a percibirse casi como un ataque identitario por parte de la audiencia. El personaje se acaba comiendo a la persona.
Por eso conviene recordar una idea sencilla pero fundamental: divulgar no es únicamente hablar de ciencia, sino hacerlo con honestidad intelectual. Porque en ciencia, muchas veces, la mayor muestra de rigor no es hablar con más seguridad, sino saber explicar por qué todavía existen dudas y aceptar que muchas preguntas aún no tienen respuestas definitivas.