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En el mundo del fitness se ha vuelto casi imposible abrir una red social sin encontrarse con alguien proclamando que “cambia vidas”. La frase suele acompañar fotografías del antes y después, transformaciones físicas llamativas y discursos cargados de épica personal. Pero detrás de esa idea hay algo profundamente problemático: muchas veces se confunde una recomposición corporal temporal con una transformación permanente. Perder grasa, ganar músculo o modificar la estética corporal durante unos meses no equivale necesariamente a haber reconstruido una vida. Menos aún cuando buena parte de esos cambios son difíciles de sostener a largo plazo fuera de contextos muy controlados, rutinas intensivas o estrategias poco realistas para la mayoría de las personas.

El problema no es celebrar mejoras físicas o hábitos más saludables. El problema aparece cuando se exagera su significado hasta convertir el fitness en una especie de experiencia redentora. Entonces el entrenador deja de ser un profesional y pasa a ocupar el rol de guía moral; el cliente deja de ser una persona con objetivos concretos y se transforma en un “discípulo”; y el gimnasio deja de ser un espacio de entrenamiento para convertirse en una comunidad con códigos, dogmas y promesas de salvación. No es casual que el lenguaje empleado recuerde tanto al de ciertos cultos: “transforma tu mente”, “renace”, “tu antigua versión ha muerto”, “si no lo consigues es porque no lo deseas de verdad”. Todo gira alrededor de una narrativa emocional extremadamente potente y muy útil para fidelizar.

A eso se suma otro elemento especialmente crítico: el tipo de cuerpo irreal que se vende actualmente como si fuera alcanzable para cualquiera con “disciplina”. Redes sociales llenas de físicos extremadamente definidos, voluminosos y estéticamente improbables han normalizado estándares incompatibles con la realidad biológica y psicológica de la mayoría de las personas. Aparece entonces una de las mayores hipocresías del sector: individuos que se presentan como “naturales” mientras utilizan anabolizantes, o personas que reconocen usarlos pero minimizan enormemente sus efectos, como si fueran un detalle secundario dentro del proceso. El mensaje implícito termina siendo devastador. Si tú no consigues ese cuerpo, el problema eres tú, tu esfuerzo o tu mentalidad. No las expectativas irreales ni el engaño sistemático.

Este contexto es terreno fértil para los trastornos de la conducta alimentaria, la obsesión corporal y la dismorfia. Muchas personas terminan desarrollando una relación profundamente dañina con la comida, el ejercicio y su propia imagen persiguiendo un ideal que, en muchos casos, ni siquiera existe de forma natural. La restricción constante, la compensación con el ejercicio por «pecar» comiendo, el miedo a determinados alimentos, la culpabilidad por comer, la ansiedad por el porcentaje graso o la incapacidad para descansar se reinterpretan como “compromiso” o “mentalidad ganadora”. Conductas claramente patológicas pasan a ser aplaudidas siempre que produzcan un físico admirado en redes. Y mientras tanto, el sufrimiento psicológico queda invisibilizado detrás de abdominales marcados y fotografías con el mejor ángulo e iluminación.

También llama la atención cómo algunos discursos fitness generan una identidad casi cerrada sobre sí misma. Aparece la necesidad constante de pertenencia, la oposición entre “los que entienden el proceso” y “la gente mediocre”, la glorificación del sacrificio extremo y una cierta hostilidad hacia cualquier mirada crítica. Todo ello crea dinámicas muy similares a las de comunidades fuertemente ideologizadas: existe una verdad revelada, líderes carismáticos, testimonios de conversión y una narrativa permanente de superación personal. Incluso el lenguaje se llena de consignas repetidas hasta el cansancio, diseñadas más para generar adhesión emocional que para transmitir conocimiento real sobre salud, fisiología o conducta humana.

Quizá el fitness ganaría mucho más si abandonara esa parte y se centrara en de verdad en la salud. Entrenar puede mejorar la salud, la funcionalidad, la autoestima, la condición física o la calidad de vida de muchas personas, y eso es enormemente valioso. También, por supuesto, una mejora de la composición corporal, tanto a nivel cuantitativo como cualitativo. Pero un cambio corporal no es una revolución espiritual o, siquiera, una mejora si para conseguirlo hemos dejado atrás parte de nuestra salud. A veces algo tan (simple) como moverse mejor o sentirse algo más cómodo con su cuerpo y lo que es capaz de hacer ayuda mucho más. Y habrá más honestidad —y más respeto hacia las personas— si aceptamos eso en vez de envolverse en un discurso mesiánico diseñado para vender transformación total allí donde, muchas veces, solo hubo una modificación física transitoria.