Seleccionar página

La estética es uno de los mayores nichos de mercado dentro del ejercicio físico. Puede ser una puerta de entrada para que muchas personas comiencen a entrenar y, en ese sentido, actuar como un motor de cambio. Sin embargo, esta realidad plantea dos preguntas fundamentales: ¿Qué entendemos hoy por una buena estética? ¿Y cuál es su relación real con la salud?

La respuesta a estas cuestiones ayuda a comprender por qué proliferan en redes sociales tantas ideas simplistas sobre el entrenamiento y por qué determinados modelos físicos se presentan como referentes absolutos.

Durante años, parte del mundo fitness ha desplazado el foco desde variables medibles y relevantes —como la condición física, la fuerza, la capacidad funcional, la composición corporal o determinados indicadores de salud— hacia la imagen. Como consecuencia, muchos profesionales han acabado utilizando su propio físico como principal carta de presentación o mostrando fotografías del antes y el después de sus clientes como prueba irrefutable de competencia. La apariencia ha terminado ocupando un espacio que antes correspondía al conocimiento, la capacidad pedagógica y el foco hacia la salud o el rendimiento.

El problema no es que el entrenamiento produzca cambios estéticos. De hecho, muchas personas comienzan a entrenar precisamente porque desean modificar su apariencia física. El problema surge cuando hemos reducido el valor del entrenamiento únicamente a esos cambios. Cuando la estética deja de ser una consecuencia para convertirse en el único criterio de éxito, se pierde de vista gran parte del verdadero potencial del ejercicio físico. Porque la salud no siempre tiene el aspecto que las redes sociales esperan. Una persona puede mejorar significativamente su salud cardiometabólica, aumentar su fuerza, mejorar su capacidad funcional, reducir su tensión arterial o su grasa hepática sin protagonizar una transformación física espectacular. Del mismo modo, un físico aparentemente admirable puede ocultar conductas poco saludables, estrategias extremas de control del peso o prácticas incompatibles con el bienestar a largo plazo.

La evidencia científica lleva décadas demostrando que el ejercicio físico es una de las intervenciones más eficaces para prevenir y tratar numerosas patologías. Su impacto va mucho más allá del peso corporal o del porcentaje de grasa. El ejercicio contribuye a prevenir enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, hipertensión arterial, algunos tipos de cáncer, osteoporosis, sarcopenia, depresión, ansiedad y deterioro funcional asociado al envejecimiento. En muchas de estas condiciones, las mejoras clínicas más importantes no son necesariamente visibles en una fotografía. Sin embargo, resulta llamativo que buena parte del contenido relacionado con el entrenamiento siga girando alrededor de abdominales marcados, glúteos más grandes o niveles de masa muscular irreales. Pareciera que el ejercicio hubiera sido diseñado para modificar cuerpos y no para mejorar vidas.

Esta visión reduccionista también ha contribuido a vulgarizar la figura del entrenador. Se ha normalizado la idea de que la principal credencial profesional es la propia apariencia física. Cuanto más cerca esté alguien de los cánones estéticos dominantes, más autoridad parece adquirir para hablar de entrenamiento, nutrición o salud. Pero un físico determinado no demuestra conocimientos sobre fisiología, biomecánica, programación del entrenamiento, modificación de conducta o promoción de hábitos saludables. Tampoco demuestra capacidad para trabajar con personas mayores, personas con obesidad, individuos con diabetes, supervivientes de cáncer o personas con limitaciones funcionales o en equipos interdisciplinares. La competencia profesional no puede evaluarse observando una fotografía, ni esta explica la persona que hay detrás.

De la misma manera, tampoco debería evaluarse exclusivamente mediante imágenes del antes y el después. Estas transformaciones pueden ser inspiradoras y reflejar un trabajo bien realizado, pero muestran únicamente el resultado final y rara vez explican el proceso que lo hizo posible o si ese proceso o resultados son realmente saludables. ¿Qué aprendió esa persona durante el camino? ¿Ha desarrollado hábitos sostenibles? ¿Comprende mejor cómo entrenar y cuidar su salud? ¿Mantendrá esos cambios dentro de cinco años? ¿Ha mejorado realmente su calidad de vida? Una fotografía no responde a ninguna de estas preguntas.

Y quizá ahí resida uno de los mayores problemas del mundo fitness contemporáneo: hemos acabado evaluando la calidad de una intervención por la imagen final y no por la calidad del proceso que la hizo posible. Lo verdaderamente importante del trabajo de un entrenador no es que una persona pierda peso, gane masa muscular o alcance una determinada marca deportiva. Lo importante es la pedagogía que acompaña a esos resultados y cómo ha mejorado la calidad de vida y salud de esa persona. La capacidad de ayudar a alguien a comprender su cuerpo, interpretar la información que recibe, desarrollar pensamiento crítico y construir hábitos que pueda mantener durante años es lo que debería primar.

Quizá haya llegado el momento de reivindicar una visión más amplia del ejercicio físico y sus profesionales. Una visión en la que la estética pueda seguir siendo una motivación legítima, pero no la única ni la más importante. Una visión en la que la fuerza, la capacidad cardiorrespiratoria, la funcionalidad, la salud, la autonomía y la calidad de vida recuperen el protagonismo que nunca debieron perder. Porque el ejercicio físico es una de las herramientas más poderosas de las que disponemos para mejorar la salud de las personas. Reducirlo a una cuestión de apariencia no solo empobrece su significado. También limita enormemente el alcance de todo lo que puede llegar a conseguir.