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No las personas, ya que detrás de cada una hay una historia única y diferente que la llena de matices. Pero sí lo que se muestra en redes sociales, aquello a lo que se le da importancia, lo que se considera digno de publicarse y, en definitiva, la forma en que terminamos representándonos.

Prácticamente todo parece funcionar a través de packs ideológicos, tanto a derecha como a izquierda, que dejan poco espacio para la sorpresa. En ambos lados, muchos se consideran originales, independientes y libres de pensamiento, cuando con frecuencia no son más que el producto del mismo entorno que critican. Muchas veces quienes más hablan de independencia de pensamiento son también quienes muestran una mayor dependencia de su propio grupo. Todos conocemos a personas que denuncian el adoctrinamiento ajeno mientras repiten de forma casi literal los argumentos, expresiones y consignas de los referentes con los que se identifican. Y no lo digo desde una posición de superioridad: yo tampoco estoy libre de ello. No he conocido a nadie —incluyéndome— que no caiga, en mayor o menor medida, en patrones bastante previsibles.

Se utilizan expresiones como borregos, adoctrinados o ignorantes. Se caricaturiza al «adversario» hasta convertirlo en una versión simplificada y ridícula de sí mismo. Mientras tanto, las fuentes de información que consumimos suelen reforzar nuestras propias creencias y dificultan algo tan necesario como reconocer los grises que llenan la realidad, perpetuando sesgos que no se ven o valoran en su justa medida. Porque la realidad rara vez encaja en los extremos; somos nosotros quienes insistimos en verla así.

Quizá por eso me resultan cada vez menos interesantes las discusiones que se producen en estos espacios. Las redes sociales han simplificado a individuos extraordinariamente complejos hasta convertirlos en personajes relativamente previsibles. Con frecuencia basta leer unas pocas publicaciones para anticipar qué pensará sobre política, alimentación, economía, deporte o cualquier tema de actualidad.

Parte de mi desencanto tiene que ver con cómo han cambiado las propias redes sociales. Hubo un tiempo en el que muchas personas compartían fragmentos de su vida cotidiana, experiencias personales, lecturas, aficiones, recetas, aprendizajes o simples reflexiones que surgían de manera espontánea. Uno podía seguir a alguien sin saber exactamente qué iba a encontrar al día siguiente, porque lo interesante era la persona en su conjunto y no únicamente una faceta concreta de ella. Hoy, sin embargo, da la sensación de que muchos perfiles han terminado convirtiéndose en meras correas de transmisión de unos pocos temas generales, opiniones prefabricadas o debates recurrentes. Y con ello, al menos para mí, se ha perdido parte de la riqueza que hacía de las redes un lugar más humano, más imprevisible y, sobre todo, más interesante. Las redes me cansan, no porque falten opiniones, sino porque sobran.

Si algo intento recordarme cuando entro en estos espacios es que nadie posee la verdad completa, que todos observamos el mundo a través de nuestros propios sesgos y que conviene mantener cierta humildad intelectual. También que las ideas importan, pero las personas importan más. Y que, antes de admirar a alguien por lo que sabe, por lo que consigue o por la influencia que tiene, merece la pena preguntarse qué clase de persona es cuando nadie le está mirando.

Porque al final, fuera de las redes, seguimos siendo mucho más complejos, más contradictorios e interesantes que cualquier perfil.