Es una expresión que cada vez se escucha con más frecuencia, especialmente en redes sociales. Sin embargo, plantea una cuestión conceptual de gran interés. Si actualmente la obesidad se define como una enfermedad crónica, compleja y recidivante, ¿puede una persona afirmar que «fue obesa» o, de forma más correcta, “tuvo obesidad”?
Imaginemos a alguien que presentó obesidad, pierde el exceso de adiposidad, recupera una función fisiológica normal y mantiene esa situación durante décadas. ¿Podemos considerar que está curado? ¿Se encuentra en remisión? ¿O sigue teniendo obesidad porque conserva una susceptibilidad biológica que hoy no somos capaces de medir?
Las definiciones contemporáneas de obesidad se centran fundamentalmente en el exceso de adiposidad y, en los enfoques más recientes, en las alteraciones funcionales y las consecuencias clínicas derivadas de ella. Sin embargo, si fuéramos extremadamente rigurosos, podría argumentarse que la verdadera demostración de una enfermedad crónica no sería la adiposidad actual, sino la persistencia de mecanismos biológicos que empujan activamente al organismo a recuperar el exceso de grasa corporal o impiden una pérdida de peso efectiva. El problema es que, hoy por hoy, no disponemos de biomarcadores ni de herramientas clínicas que permitan evaluar de forma rutinaria esos mecanismos en un individuo concreto.
También podría plantearse que la persistencia de determinadas alteraciones estructurales y funcionales del tejido adiposo constituye una prueba de enfermedad. Este argumento resulta sólido en personas con obesidad de larga evolución o con grados muy elevados de adiposidad, donde existen cambios bien descritos en el tejido adiposo. Sin embargo, parece menos evidente en personas con obesidad clínica o enfermedad crónica basada en la adiposidad que presentan un IMC normal o sobrepeso y cuya enfermedad se define por la presencia de complicaciones, no por alteraciones permanentes del tejido adiposo.
Aquí aparece una cuestión de fondo. La mayoría de las definiciones actuales describen la obesidad como una enfermedad crónica, compleja y recidivante. Sin embargo, esa cronicidad rara vez se demuestra en el individuo que está siendo diagnosticado; Se asume. Se infiere a partir de la evidencia acumulada en estudios poblacionales. Sabemos que muchas personas presentan adaptaciones biológicas tras la pérdida de peso y que la recuperación ponderal es frecuente. Pero actualmente no disponemos de herramientas que permitan determinar con suficiente precisión qué individuos mantienen esas alteraciones de forma persistente y cuáles podrían haber recuperado una regulación fisiológica cercana a la normalidad.
Otro aspecto que merece consideración es el momento en que aparece la obesidad y el tiempo durante el que se mantiene. No parece razonable asumir que todas las trayectorias biológicas sean equivalentes. La obesidad desarrollada durante la infancia o mantenida durante décadas probablemente no tenga las mismas implicaciones que un exceso de adiposidad adquirido en un contexto concreto y relativamente transitorio. Esta distinción resulta especialmente relevante desde una perspectiva preventiva, ya que podría existir un periodo durante el cual algunas personas aún conservan la capacidad de regresar a un estado fisiológico previo una vez desaparece el contexto que favoreció el desarrollo de enfermedades asociadas a ese exceso de adiposidad.
Por ello, resulta razonable plantear una hipótesis: ¿podrían existir personas que, tras haber presentado obesidad, recuperen una fisiología prácticamente normal y la mantengan durante décadas, conservando únicamente algunas huellas biológicas, como una mayor celularidad del tejido adiposo? Si así fuera, quizá no todas las personas diagnosticadas de obesidad compartirían el mismo grado de alteración biológica persistente o tendrían el mismo perfil biológico. O, incluso, tendrían una condición y no una enfermedad.
La pregunta, por tanto, quizá no sea si la obesidad puede comportarse como una enfermedad crónica —la evidencia indica que, en muchos casos, así ocurre—, sino si podemos asumir esa cronicidad en todos los individuos por igual cuando todavía carecemos de biomarcadores que permitan demostrarla de forma objetiva.
Por tanto, ¿podemos afirmar que toda persona diagnosticada de obesidad presenta una alteración biológica crónica cuando todavía no somos capaces de demostrarla individualmente? La biología rara vez es blanco o negro. Y quizá la obesidad tampoco lo sea.