Cada vez observo con mayor preocupación cómo la divulgación está dejando de ser un fin para convertirse en una estrategia. Ya no consiste únicamente en intentar explicar mejor un tema o acercar el conocimiento a quien no lo tiene, sino también en construir una imagen, ganar visibilidad y, en muchos casos, crear una marca alrededor de quien comunica.
No hay nada malo en ello. No me malinterpreten. Quien divulga puede escribir libros, impartir cursos, tener una consulta o desarrollar cualquier otra actividad profesional. El problema aparece cuando esa necesidad de crecer acaba condicionando la propia divulgación. Entonces ya no siempre se habla de lo que puede resultar más interesante o importante, sino de lo que mejor funciona. Se escogen los temas que generan conversación, los mensajes que diferencian del resto y las afirmaciones que resultan más fáciles de recordar. Y las herramientas acaban adaptándose a esa idea, por eso se han vuelto tan populares los vídeos de reacción a otros contenidos.
Quizá por eso determinadas expresiones han adquirido tanto protagonismo. Una de ellas es el ya habitual «basado en evidencia». En teoría, una coletilla innecesaria en muchos casos en los que no se esté planteado aspectos especulativos, filosóficos o que aborda los límites del conocimiento. En la práctica, muchas veces acaba funcionando como un sello de autoridad. En el extremo opuesto ocurre algo parecido con quienes hablan constantemente de la «ciencia oficial», presentándose como quienes han conseguido escapar de un supuesto pensamiento dominante y cargado de «conflictos de intereses» (aunque ellos mismos los tengan). Aunque el discurso sea completamente diferente, el mecanismo se parece bastante: ambos utilizan la ciencia para construir una identidad y ganar notoriedad.
Un problema, a mi parecer, es que esa identidad termina siendo, a veces, más importante que el propio contenido. La evidencia deja de ser algo que sirve para entender mejor un problema y pasa a convertirse en una herramienta para demostrar que uno sabe más que los demás. Y cuando ese es el objetivo, resulta mucho más rentable ofrecer certezas que explicar dudas, defender posiciones que reconocer límites o simplificar problemas complejos que asumir toda su complejidad. Además, de un conocimiento mucho más profundo en la materia.
No creo que este sea un problema de unas cuantos. Más bien parece una consecuencia natural del ecosistema en el que nos movemos. Las redes sociales premian la visibilidad, la visibilidad favorece la construcción de una marca personal y, poco a poco, la divulgación acaba ocupando un lugar que quizá nunca debería haber ocupado: el de herramienta de marketing. Y el problema de fondo no sea que la divulgación se haya convertido en marketing, sino que el marketing haya acabado definiendo qué entendemos por buena divulgación.
Tal vez por eso convenga preguntarse menos quién dice hablar «con evidencia» y más cuál parece ser el objetivo de esa divulgación. Porque no es lo mismo utilizar la evidencia para ayudar a comprender un problema que utilizar un problema para demostrar cuánto se sabe sobre él. O quizás me hago viejo y me aferro a un mundo que ya no existe y ese sea el nuevo camino.