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En este estudio, utilizando datos de la encuesta NHANES (1999–2018), se pasó de una incidencia de obesidad del 35,55% usando los criterios de la OMS (IMC ≥30 kg/m²) al 63,04% aplicando los criterios propuestos por la EASO.
Y, aunque comparto que incluir el perímetro de cintura o la relación cintura-altura es una métrica sencilla que puede mejorar la estratificación del riesgo de mortalidad y de enfermedades cardiometabólicas (y de otra índole), la idea de prácticamente duplicar la incidencia de obesidad —o, mejor dicho, de enfermedad crónica basada en la adiposidad— debería llevarnos a una reflexión mucho más profunda.
Entre otras cosas, porque el argumento para bajar el umbral de IMC es que ponemos el foco en el tejido adiposo. Sin embargo, hablamos de una enfermedad crónica cuando no podemos demostrar esa cronicidad en personas con un IMC de 25 kg/m². Al menos, no en lo que respecta al propio tejido adiposo. Tampoco, hasta donde sabemos, en las posibles alteraciones centrales que pudieran existir a esos umbrales de peso. Que una definición identifique mejor a personas con mayor riesgo no implica necesariamente que todas ellas padezcan una enfermedad crónica.
Además, resulta curioso que una de las razones esgrimidas para redefinir la obesidad fuera reducir el estigma que pesa sobre las personas con obesidad (¿también sobre quienes tienen un IMC de 25 kg/m²?) y reconocer la predisposición biológica que se manifiesta en el ambiente actual. Pero al ampliar tanto la definición también ampliamos el propio concepto de adiposidad patológica. Cuando hablamos de la genética de la obesidad, ahora tenemos que extender la discusión a cómo funciona el tejido adiposo en personas que hasta hace poco no habríamos considerado enfermas. Y tampoco podemos ignorar que el estigma simplemente puede adoptar otra forma: «tu grasa es patológica», «no te quieres tratar», «no te cuidas»… El lenguaje cambia, pero el juicio puede permanecer.
Lo que sí parece quedar claro es una intención eminentemente utilitarista: identificar antes a estas personas para intervenir con mucha más contundencia, también desde el punto de vista farmacológico. En definitiva, no perder oportunidades terapéuticas. Y ello dando por supuesto que, en muchas enfermedades, la coexistencia con obesidad será prácticamente la norma; por ejemplo, en la diabetes tipo 2.
Y, pensando que muchas de las personas que participan en estos consensos probablemente lo hacen con la mejor intención, y viendo el enorme impacto social que ya está teniendo la nueva farmacología para la obesidad, quizá deberíamos hablar mucho más de las implicaciones de este cambio de paradigma. Porque cuando una nueva definición prácticamente duplica el número de personas consideradas enfermas, la discusión deja de ser únicamente técnica. Pasa a ser también conceptual, clínica, social y ética. Y no deberíamos limitarnos a mirarnos el ombligo pensando que somos fantásticos y que sabemos mucho del tema.