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¿Por qué considero que el término «integrativo» o “PNI” es más una cuestión de marketing que una metodología de trabajo?

Voy a explicarlo con un ejemplo sencillo.

La inmensa mayoría de los profesionales que se presentan como profesionales de la salud integrativa no valoran de forma sistemática la condición física de las personas que atienden. Y podría disertar durante horas sobre la enorme cantidad de información que una valoración de la condición física puede aportar para orientar de manera mucho más precisa la práctica clínica. También podría hablar durante horas sobre la importancia que tiene la función física para la salud y sobre la oportunidad que estamos perdiendo cuando la dejamos fuera de la valoración.

Pero ¿por qué no lo hacen?

Probablemente porque no es su campo de especialización. Porque existen cientos de detalles que pueden pasar desapercibidos cuando no se tiene formación específica en ese ámbito y, además, porque quizá no dispongan de las herramientas necesarias ni estén familiarizados con su utilización e interpretación o, a partir de esa información, proponer una intervención adecuada de ejercicio físico y actividad física.

Por tanto, yo podría argumentar que un abordaje que no incluya una valoración de la condición física y un punto de partida objetivo para preservar o mejorar la misma no es verdaderamente integrativo.

Y podría hacerlo porque, en realidad, no existe una definición operativa suficientemente consensuada de qué debe incluir exactamente un abordaje integrativo.

Una buena historia clínica, conocer el contexto de la persona, explorar sus hábitos, su entorno, sus condicionantes sociales y psicológicos y adaptar la intervención a sus características debería ser, sencillamente, buena práctica clínica centrada en la persona. Si además queremos llamarlo «integrativo», perfecto.

Pero entonces aparecen algunas preguntas incómodas: ¿Valoramos la condición física? ¿La composición corporal? ¿El estado nutricional? ¿La función cognitiva? ¿El sueño? ¿La salud mental? ¿El entorno social? ¿La función metabólica? ¿Pruebas de laboratorio? ¿Qué pruebas deberían formar parte de una valoración para que podamos denominarla realmente integrativa? ¿Y cuánto tiempo y recursos requeriría hacerla de manera rigurosa?

Lo mismo sería aplicable a la psiconeuroinmunología (PNI) clínica.

La idea de estudiar las interacciones entre procesos psicológicos, sistema nervioso, sistema endocrino e inmunitario puede ser extraordinariamente interesante. El problema aparece cuando la etiqueta «PNI» se utiliza como si implicara, por sí misma, una capacidad de integrar todos esos niveles de conocimiento en la práctica clínica.

Porque una cosa es reconocer que existen conexiones entre sistemas y otra muy diferente es disponer del conocimiento suficiente para establecer relaciones causales entre un síntoma concreto, una alteración fisiológica y un determinado contexto clínico. Si ser «integrativo» significa conocer con suficiente profundidad la fisiología, inmunología, endocrinología, neurociencia, psicología, nutrición, ejercicio, metabolismo y demás disciplinas como para poder enlazar causalmente síntomas concretos con condiciones o contextos patológicos, entonces perdonad que me ría.

Quizá hagan falta 30 o 40 años de formación adicional —o bastante más— para que podamos afirmar algo así con cierto rigor, perdiendo por el camino la capacidad de ser especialista.

Y, paradójicamente, para mí lo verdaderamente integrativo es asumir precisamente lo contrario. No necesitamos saberlo todo; necesitamos saber qué sabemos, qué no sabemos y cuándo debemos derivar.

La integración real consiste muchas veces en trabajar con otros profesionales, reconociendo las competencias específicas de cada disciplina y construyendo conjuntamente una intervención alrededor de la persona. Eso no es una debilidad o incompetencia del profesional. Al contrario. Es trabajo interdisciplinar o transdisciplinar. Por eso mi crítica no es hacia la idea de integrar conocimientos. Mi crítica es hacia la utilización del término «integrativo» sin criterios claros que permitan diferenciar una metodología realmente integradora de una simple forma de presentar una práctica clínica.

Porque si «integrativo» puede significar prácticamente cualquier cosa, termina significando muy poco. Y ese es precisamente el problema. Es un término atractivo, transmite una determinada filosofía de trabajo y, nos guste más o menos, vende bien. Pero una etiqueta no convierte una práctica en integrativa. Lo verdaderamente integrativo debería poder demostrarse en cómo valoramos, cómo razonamos, cómo derivamos y cómo trabajamos con otros profesionales.