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Nadie puede cuestionar que aumentar los años de vida saludable y plenamente funcional sea un objetivo legítimo de la medicina. El problema surge cuando la longevidad deja de significar simplemente vivir más y mejor y empieza a convertirse, esencialmente en los discursos comerciales, en una nueva forma de anti-aging. Porque ya no estamos hablando únicamente de prolongar la salud, sino de intentar retrasar, ocultar o incluso negar aquello que culturalmente hemos aprendido a asociar con la vejez: menos valor.

Durante décadas hablamos de anti-aging: combatir el envejecimiento, borrar sus signos, mantener la juventud. Hoy resulta mucho más atractivo hablar de longevidad, healthspan, optimización biológica, rejuvenecimiento o prevención del envejecimiento. El vocabulario es más actual, más positivo y mucho menos incómodo. Pero el cambio terminológico no siempre implica un cambio conceptual.  Porque, ¿qué estamos diciendo sobre la vejez cuando convertimos el envejecimiento en algo que debemos combatir? Porque si las arrugas, las canas, la pérdida progresiva de determinadas capacidades o los cambios corporales propios de la edad se presentan sistemáticamente como signos de fracaso, estamos potenciando el edadismo que ya está presente en la sociedad. El problema es que esa asociación no desaparece porque sustituyamos la expresión anti-aging por longevidad, sólo se ha vuelto más sofisticada.

Promover ejercicio físico, una alimentación adecuada, sueño suficiente y retrasar o minimizar el impacto de enfermedades prevenibles es extraordinariamente positivo. Pero existe una diferencia importante entre decir «haz todo esto para llegar a edades avanzadas con la máxima salud y autonomía posibles» y decir «haz todo esto para mantenerte joven». En el primer caso aceptamos el envejecimiento y tratamos de minimizar el deterioro patológico. En el segundo, convertimos la propia edad en un problema que hay que retrasar.

En ese sentido, asistimos ante un problema mayor, el edadismo contra uno mismo. Ya no se trata únicamente de discriminar a las personas mayores, sino de interiorizar la idea de que hacerse mayor es algo indeseable. Debemos parecer más jóvenes de lo que somos, sentirnos más jóvenes de lo que somos y, sobre todo, comportarnos como si nuestra edad cronológica no existiera. La investigación sobre edadismo muestra precisamente que los estereotipos negativos sobre la edad pueden ser interiorizados por las propias personas mayores, mientras que determinados discursos aparentemente positivos sobre «envejecer bien» pueden acabar imponiendo expectativas normativas sobre cómo debería envejecer una persona.

No hay nada progresista o positivo en convertir la vejez en una enfermedad de la que debemos escapar. La medicina debería centrarse en prevenir y buscar mejores tratamientos en enfermedades asociadas con la edad como la sarcopenia, la osteoporosis, la enfermedad cardiovascular, la discapacidad o el deterioro cognitivo. Pero eso no significa que tengamos que combatir la edad. Una persona de 75 años no debería aspirar a ser una versión fallida de una persona de 45 años; debería aspirar a ser una persona de 75 años sana, funcional, autónoma y socialmente valorada.

La longevidad puede ser una magnífica aspiración científica cuando significa ampliar los años vividos con salud. Se vuelve problemática cuando se transforma en una industria que necesita que tengamos miedo de envejecer para poder vendernos productos destinados a retrasarlo. Porque, en última instancia, hay una diferencia enorme entre querer vivir más y no querer hacerse viejo. La primera aspiración celebra la vida. La segunda, si no tenemos cuidado, puede terminar diciendo que una parte inevitable de ella es algo de lo que deberíamos avergonzarnos.