La evidencia disponible nunca es sinónimo de conocimiento completo. La crítica legítima y la manifestación de dudas sobre las lagunas de conocimiento no devalúan una práctica clínica, la hacen mejor.
Los agonistas del receptor de GLP-1 y los nuevos fármacos desarrollados inicialmente para el tratamiento de la diabetes y la obesidad están revolucionando la medicina y pueden constituir herramientas terapéuticas tremendamente útiles. Reconocerlo no debería impedir, sin embargo, plantear preguntas, expresar dudas o señalar las incertidumbres que todavía existen.
Precisamente porque estos tratamientos están adquiriendo una importancia creciente, necesitamos preguntarnos por cuestiones que van más allá de su eficacia en los ensayos clínicos: cuál será su impacto a nivel social, cómo estamos abordando los conflictos de interés de las sociedades científicas y su relación con la industria farmacéutica – a veces de pleitesía – (véase la tibia respuesta a la denigrante campaña de Novo Nordisk), hasta qué punto estamos informando adecuadamente a los pacientes sobre la posible necesidad de un tratamiento prolongado o crónico, cómo incorporamos sus preferencias y circunstancias en la toma de decisiones y cómo aceptamos, sin convertirlo en un fracaso personal, que no todas las personas responderán de la misma manera o debe descontinuar el tratamiento. Sin, por otro lado, denigrar la dignidad de la persona al considerar que ha tomado el camino fácil.
También existen preguntas para las que todavía no tenemos respuesta. ¿Qué consecuencias tendrá el uso mantenido durante décadas? ¿Existen efectos que solo podremos identificar después de muchos años de exposición? ¿Qué impacto tendrá sobre sistemas biológicos sometidos a una modificación prolongada de sus señales o alteración de su función como el gastrointestinal o centrales? De darse, ¿estos efectos serán menores que las consecuencias de las enfermedades que previenen o tratan?
Una práctica clínica madura no debería necesitar que silenciemos sus incertidumbres para defender su utilidad. Al contrario, debería ser capaz de incorporarlas, discutirlas abiertamente y utilizarlas para mejorar la investigación, la información al paciente y la propia práctica clínica. Desgraciadamente, en una época como la actual, tendente a la polarización, la crítica constructiva se percibe como agravio o ataque, o se despacha como falta de conocimiento y no cómo un punto de partida a la reflexión.
Ahora más que nunca, debemos hacer las preguntas adecuadas.